
Ayer empezó la temporada de caza de focas en Canadá (o este fin de semana, no lo tengo muy claro). Por ese motivo, un grupo de activistas (o de gente activa, que tampoco lo tengo demasiado claro) montó un acto callejero de denuncia con mucha pintura roja, que siempre es efectiva (y efectista, que es de lo que se trata). Lo sé porque una de ellas acudió a trabajar después, por la tarde, con las manos rojas hasta casi el codo: combinación perturbadora, si añadimos el pelo rubio despeinado y la ropa negra obligada en su puesto.
Con independencia de la anécdota y a pesar de todas mis reservas hacia la ecomilitancia (que son muchas), no puedo dejar de admirar la convicción de esa gente y la fuerza con que la acompañan. (También, un poco, su falta de dudas... debe estar bien ver el mundo así, en bloques compactos de bueno/malo, frío/calor, blanco/negro, bien definidos y delimitados, tú aquí y yo allá y de allá no me muevo.)