Corben cumple como un profesional de recursos, y entrega un puñado de imágenes poderosas. Mignola, por su parte, casi parece en piloto automático, reiterando sus composiciones más fáciles y dejándose llevar por el oficio.
Pero es que Mignola me gusta mucho. Recuerdo haber escrito un texto (extraviado ya, me temo) para una publicación que jamás llegó a ver la luz y en el que glosaba la potencia plástica de un artista que heredaba lo mejor de tres tradiciones: Kirby, Frazetta y Toth. Y recuerdo que dedicaba algún párrafo ardoroso a las mujeres de Mignola, poderosas y arrogantes, de anatomía generosa, de gesto tierno y equívoco. Desde entonces, el ilustrador ha ido estilizando su imaginario, se ha adentrado en universos góticos y victorianos, ha depurado su trazo y ha desarrollado un gusto envidiable por la mancha de negro y la iluminación de luz de gas. Acontecimientos todos que lo integran más, si cabe, en mi particular panteón de ilustres. Acontecimientos todos que se han visto reflejados en sus personajes femeninos, también; y para bien: pálidas señoritas que miran desde la penumbra, de presencia sólida y abrumadora, de belleza incierta, onírica y decidida, gozosamente carnal.

(La imagen, lo sé, no viene del todo a cuento, pero refleja bien casi todo lo que digo arriba...)