martes, 31 de octubre de 2006

un cuento

Aprovechando que es Halloween les dejo aquí este texto que se publicó el pasado año en la Semana Negra de Gijón, en el libro colectivo Salgariana. Era, el libro, una suerte de homenaje a la figura y la obra de Emilio Salgari, escritor que nunca fue una de mis lecturas de niñez, ni de juventud siquiera, pero cuya leyenda siempre me ha conmovido.

Espero que el cuentito les guste, para mí tiene un sabor especial. Está asociado, además, a un puñado de recuerdos muy queridos.

Espero, también, que la Gran Calabaza les traiga esta noche muchos regalos...





LA CASA DE LA HIEDRA Y EL DRAGÓN ESCONDIDO

1. El sueño, la niebla, la casa

El andén, un baúl. El vapor que todo lo esconde. ¿No ha venido nadie? Hay figuras alrededor, siluetas embozadas en gris, fantasmas que pasan de largo, desdibujan un abrazo, desaparecen. Y el susurro en picado de la locomotora agazapada allí, al fondo: una bestia de negro metal sudoroso.

(Años después, cuando Bruma regrese a la casa para recuperar el cadáver comido por el musgo, no dejará de recordar esa primera imagen de la estación: el suelo mojado, el dragón oscuro y cansado al final del andén; imágenes que han poblado hasta entonces sus sueños, como la del incendio, el jardín cubierto de llamas…)

Alguien, por fin, aparece, un perfil de gigante que se inclina hacia ella. Manos grandes, el baúl al hombro con un suspiro sordo. Y botas de siete leguas: Bruma tiene que correr para no quedarse atrás.

Salen de la estación a la calle: paredes de ladrillo sucio, charcos aceitosos. Algunos niños se mantienen a distancia del coche, lo miran con un reflejo de miedo en los ojos. Es una máquina grande, aparatosa: hay que trepar hasta arriba, asientos incómodos, el permanente traqueteo. Pero no tiene caballos: es el único que se ha visto en el pueblo, el único que los niños han tenido nunca cerca, el primero al que Bruma sube.

El viaje es largo y monótono. Después de las últimas casas manchadas de hollín, el páramo rocoso, la carretera. Bancos de niebla aquí, allá. El ruido seco del motor, las manos del gigante sobre el pequeño volante negro.

(Después, esa misma noche, Bruma no recordará haberse dormido, pero sí las imágenes del sueño que la despertó: escaleras de piedra húmeda, el rumor de la tela rígida, un sabor agrio aferrado a la garganta; huir, correr en la oscuridad, el rugido del mar…)

El mar. La casa. El gigante carga el baúl en sus hombros, le hace un gesto. Bruma no está aún segura de haber abandonado el sueño, baja despacio, le sigue sin apartar la vista de la casa. ¿Es de noche ya? Quizá es la casa, que oculta el cielo… Pero no, brillan las estrellas. Brillan e iluminan las paredes cubiertas de hiedra, un bosque en vertical que oculta la piedra gastada y se agarra y trepa hasta los tejados de pizarra negra. Apenas si hay alguna ventana que se libre de la hiedra. Apenas si hay otro color que no sea el verde sombrío de las hojas.

Los pasos del gigante: ya está en la puerta, esperándola. El gigante y… ¿alguien más? Alguien se acerca a Bruma, sí… No escucha la voz que le da la bienvenida: el mar, el rugido del mar, como el aliento de un dragón, lo inunda todo.

2. la casa, los libros, el mar

(Nunca ha olvidado Bruma, después, el abrazo de Sara, ese primer abrazo en el umbral. El olor a bizcocho en el pelo, el tacto de sus mejillas calientes. Uno de esos recuerdos que se guardan como un tesoro.)

Los techos son altos, tan altos que escapan a la luz. Los muebles, descuidados y muy viejos. Alfombras y tapices de colores apagados por el tiempo. Todo huele a madera polvorienta y a cerrado. A metal caliente, a veces. Y a mar. Toda la casa huele a mar, y en cada rincón se escucha el romper de las olas, rítmico, terrible, una tormenta lejana que nunca acaba de llegar, al acecho siempre, inminente.

Sara la lleva de la mano hasta la cocina blanca y la sienta a la mesa. Leche caliente, pan tierno, el olor de la harina. Y la lleva de la mano escaleras arriba, hasta una habitación pequeña, una cama blanda, una ventana por la que se ve la luna llena, el mar, un jardín que dibuja extrañas geometrías. No se cansa de mirarla, de acariciarle el cabello. “Tienes los ojos de tu madre”, dice una y otra vez.

Esa primera noche pasa en un suspiro. Bruma se deja vencer por el cansancio; hipnotizada por el latido del mar allá abajo, se deja arrastrar al sueño. (Pero ya no hay escaleras húmedas, ni hay manos ásperas… esa noche sueña con el mar, sólo el mar.) El día siguiente, gris, lluvioso, pasará también sin sentir: escaleras abajo y escaleras arriba, explorar cada habitación, cada rincón, deshacer el equipaje, acomodar libros y cuadernos, la ropa, contemplar a Sara en la cocina mientras manipula ollas y pucheros, salir al jardín, sentir el viento, oler la sal.

Pasarán varios días antes de que Bruma conozca por fin al otro habitante de la casa. Gris, torcido, Paracelso apenas sale de su habitación, donde pasa sus días leyendo volúmenes de matemática y botánica, viejos libros mohosos cuyo olor impregna su ropa, sus manos, su mirada turbia. Días de correr por los pasillos y trenzar estrategias secretas con las sombras del salón. Días de seguir el rastro de los escarabajos en el jardín y adivinar en la alacena dónde han ido las hormigas, dónde se ocultan las polillas. Días de encerrarse a mirar las fotografías de mamá, desvaídas; buscar su imagen en la memoria, el olor de su pelo, el sonido de su voz leyendo cada noche... Días de gritar en el acantilado hasta jadear, hasta caer de rodillas, hasta pegar la mejilla a la roca palpitante y sentir el latido del mar, un corazón de gigante, incansable.

3. Una escalera, un secreto; un dragón

(El cielo siempre estuvo cubierto, eso Bruma lo recordará bien luego. Únicamente la noche de su llegada brillaron las estrellas. El resto de los días, las nubes se alargaban hasta el horizonte y se confundían con el mar, y todo era gris, y el viento no dejaba de soplar.)

En la casa hay pasillos que no se pueden transitar. El que lleva al laboratorio, y al decirlo la voz de Sara es un susurro que apenas se distingue del murmullo del mar. El que lleva al sótano, y señala vagamente Sara hacia abajo con desdén, pero también con una sombra de inquietud. El que lleva a la habitación de Paracelso.

En la casa hay largas horas durante las que el tiempo parece detenerse, y algunos libros llenos de extrañas ilustraciones que Bruma no sabe interpretar, y tantos pasillos por explorar… pero siempre sus pasos acaban por llevarla al umbral de uno de los caminos prohibidos. El laboratorio, abandonado desde muchos años antes, huele a polvo, a humedad, a vinagre. Cien objetos inexplicables se acumulan sobre mesas y escritorios, una selva de cristales rotos parece poblar cada rincón, no hay ventanas cuya luz pueda descifrar las sombras allá al fondo. El pasillo que sube hasta la habitación de Paracelso no tiene sentido recorrerlo; al final aguarda la silueta de cigüeña quebrada, sus ojos de color pergamino, sus dedos comidos por el ácido.

Queda bajar.

Abajo, el mar se hace más presente. Su latido hace vibrar las paredes. Como un corazón gigante y monstruoso. Y todo huele más, abajo; a mar, a sal, a humedad; a madera corrompida; a espuma y a lodo.

Abajo, las paredes están cubiertas de moho y manchadas de gris y de amarillo. Abajo no hay muebles, sólo una silla desnuda. Abajo hay una puerta. Hinchada, viscosa, brillante de salitre y de agua.

Abajo, el mar suena como la respiración de una ballena, como la agonía de un reino naufragado. Abrir la puerta es fácil, gracias a su madre; apenas eso le dejó: un puñado de fotografías, algunos libros; dos, quizá tres hechizos sencillos.

(Un suspiro, abrir la ventana en tu cabeza, mirar el cielo azul, desplegar las alas, dejarse caer… el ruido de la cerradura.)

Abajo, detrás de la puerta, hay una escalera de piedra y el olor del mar. Y se escucha una respiración que no es de piedra ni es el mar, pero es las dos cosas a la vez, o una tercera, más grande, más áspera, terrible.

Abajo, al final de la escalera, hay un dragón. Una cueva inmensa, el chapoteo del agua y un dragón. Y una luz tenue, como la luz de los sueños.

Un dragón.

4. Azufre y perlas: los libros

Temblor en las manos. No respirar. Mirar, querer desaparecer.

Al fondo, en la penumbra dorada, una sombra azul. Ojos que arden con un fuego lento, afilado torbellino de esquinas, un chirrido, un movimiento que desencadena cosas, sonido de piedra y de metal y de barro, sonido de lluvia, sonido de mar enfurecido y una mano, algo que puede ser una mano.

Cinco dedos.

(Bruma, en sus sueños, no dejará ya de ver, una y otra vez, esa mano que se alarga hacia ella. Esa mano y la mirada que brilla detrás. La mano que tomará entre las suyas tantas veces luego. La mirada que arderá con una luz nueva cuando oiga mencionar a la Perla de Labuan…)

La primera vez corre escaleras arriba, cierra la puerta y se esconde en su habitación, las piernas flojas y el aliento entrecortado. Pero volverá: el rumor del mar la atrae, el olor dulzón de la cueva, los ojos que la miraron con ese fuego desolador. Volverá para acercarse, para mirar despacio la piel entreverada de nácar y cieno, para sentir en su mano el oscuro latido del pecho, para intentar abarcar el cuerpo derramado y áspero. Volverá con libros, los libros que su madre leía en voz alta cada noche, libros gastados, libros cuajados de imágenes arrebatadoras. Y su voz, limpia, clara, de agua dulce, llenará la cueva, acallará el rumor del mar.

Su voz: “Una voz ciega, de metálica vibración, se elevó sobre el mar y retumbó entre las tinieblas, profiriendo estas amenazadoras palabras:

- ¡Alto a los del bote! ¡Alto, o vais al fondo del mar!”

Horas. Tardes enteras. Cuando ya no quedan más libros, empezar otra vez. El Corsario Negro y Sandokán y Yáñez. Marineros, piratas, soldados. La jungla, el mar abierto, países remotos. Cientos de imágenes y de personajes, de sueños.. Papel húmedo, la voz de Bruma, la mirada anhelante del dragón atrapado, esclavo de la tierra que le da la vida, encadenado a las ardientes emanaciones que mantienen su corazón en marcha, su corazón de gigante.

Su mirada anhelante y su boca entreabierta cuando Bruma se aleja escaleras arriba y la puerta se cierra y otra vez el mar, el rumor de titán del mar, llena la cueva.

5. La noche, el cielo, el jardín en llamas

Los libros fueron de su madre, como los hechizos y el color violeta de sus ojos. La acompañaron al orfanato, se aferró a ellos en los largos pasillos, en las escaleras húmedas. La mirada malévola de Paracelso al otro lado de la mesa: “Las mismas tonterías de tu madre”, palabras de desprecio escupidas sin fuerza. La tristeza de Sara a su lado.

El latido del mar.

Los cubiertos hacen un ruido seco, trivial. Porcelana sucia, la sopa se enfría. El mar parece enloquecido, Bruma no se explica cómo puede ser que el bramido no apague las velas, cómo es posible que los vasos no caigan, que las ventanas no se abran de par en par. Se encoge en su silla, los libros en su regazo. Paracelso la mira desde lejos… Todo parece tan lejano.

Sobre el mantel, con los dedos mojados, un dibujo. (El cielo azul; abrir las alas…) Algo se rompe, una cuerda se destensa, el agua se derrama por fin. Y un murmullo crece, lento, denso, una marea de cuchillas se arrastra escaleras arriba, el ruido de la puerta derribada. El calor.

Apenas dura unos segundos. Paracelso ni tiene tiempo de entender: el dragón es una locura incandescente, oro y fango, la cabeza ladeada para mirar de cerca a su creador, unas manos que señalan hacia las ventanas, hacia fuera. Y el chirrido del metal y la piedra, y los cristales, y un bramido.

El salón arde, las llamas dibujan un camino hacia fuera, lamen las paredes decrépitas, se extienden, bailan, se multiplican: otro mar, azul y dorado. Bruma corre, los libros abrazados. Corre tras el dragón, huye de Paracelso hipnotizado, paralizado, condenado.

La casa arde. Y en el jardín, en medio del jardín en llamas, contempla el grito mudo del dragón inmóvil. Y en silencio, a su lado, sigue su mirada hacia arriba: un breve claro en la tormenta deja ver el cielo negro, las estrellas.

6. Los libros, el tiempo

(Años después, cuando regrese para recuperar el cadáver, no quedará de la casa más que un perfil de escombros cubiertos por la hiedra. Años después, también el dragón será terreno conquistado, y decenas de pequeños animales anidarán en su boca abierta. Años después, sólo sus ojos seguirán ahí, vacíos, una mirada perdida en el cielo… Y Bruma se sentará a su lado, y volverá a abrir los viejos libros uno por uno, ya tan gastados que las páginas estarán sueltas, y hasta puede que alguna se haya extraviado con el tiempo. Y le volverá a leer de feroces piratas, de cielos remotos, de amores ardientes y terribles venganzas…)

4 comentarios:

El editor breve dijo...

En mi navegador (IE) aparece el texto con un montón de expresiones como "!--if !supportEmptyParas-- !--endif--".

fnaranjo dijo...

Vaya por dios... yo, con mozilla, lo leo bien...

Jesús Cuadrado dijo...

En efecto: se lee como un discurso... del Nozilla.
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fnaranjo dijo...

De todas formas, las frases de código no están insertas en el texto, sino que marcan negritas y cursivas y afectan sólo a títulos y determinados bloques, aparecen justo antes y después de ellos... y no interfieren en la lectura, aunque hagan feo.

(Ya sé, ya sé... excusas...)